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TRIUNFO Y TRAGEDIA DE UN PROFESOR_

Publicado: 2021-06-11

Como en todo, en política también domina lo inconsciente, que es más fatal y lógico que lo racional. Trabaja en lo profundo. Habla con otro lenguaje. No con el de la embustera prensa de la falsa conciencia nacional capitalina, sino con el franco lenguaje provinciano y campechano de los sueños. Nadie entiende de sueños, hay que interpretarlos. Freud lo hizo y ¿qué descubrió? Sexo, que es la forma más sugestiva del deseo. En el Apocalipsis, se descubre que “pompa, poder y política son sexo”. En la realidad de la política se le descubre como travestismo. Nada es lo que parece. Alan García, que era muy astuto, destruyó la imagen varonil del comandante Humala sacando a relucir la figura de la “pareja presidencial”, que supone un hombre castrado y una mujer fálica. La burla de Nadine a su marido, diciéndole “Cosito”, alude precisamente al hecho de que era ella quien detentaba la “cosita” que él debiera tener.

Y la figura de la “pareja presidencial” parece haber calado en la memoria popular inconsciente, ya que en estas elecciones ha sido asociada a Pedro Castillo y Vladimir Cerrón. Tan poco le ha valido a Castillo decir que él es el candidato a la presidencia como a Humala que él mandaba en palacio. Nadie les cree. Keiko, que también es astuta, se burlaba de su contrincante diciéndole que “si no tiene los pantalones para debatir que salga el señor Cerrón”. Se ve entonces que hay “chicas fálicas” que les gusta arreglar las cosas de marido a marido.

Podría decirse que la masculinidad de un Pedro Castillo que se yergue como candidato está representada figuradamente por el lápiz que ha enarbolado durante toda su campaña; pero si éste es un símbolo fálico, hay que admitir, sin embargo, que es un pene prestado por el dueño del partido que lo promueve. Aunque, si vamos más lejos, el verdadero dueño del lápiz es Fidel Castro (que en su momento lo usó en la campaña de alfabetización en Cuba), de quien Cerrón es su repetidor y vicario.

Refiriéndose a los profesores, Castillo decía que “los han castrado”. Quizá sentía que era también su caso, que estaba castrado, precisamente por Castro, sombría personificación del padre de la horda comunista que si no mata, encarcela o expulsa a sus hijos los castra. Y así el lápiz se revelaría, igual que la hoz y el martillo, como “la gran mentira, un pene falso, un fetiche”; pero Castillo, con la sensatez del campesino que lleva adentro, se puso su sombrero chotano y, enarbolando este otro símbolo fálico, entró en el coso de las elecciones o erecciones, armado con lo suyo propio, no como el Cosito de Cerrón.

Si el fracaso descalifica, el triunfo califica a las personas. El éxito las hace importantes. Y no sólo las eleva ante los demás, sino en el concepto que tienen de sí mismas. Hay una inflación del yo que, si no es vanidad retozona como en Kuczynski, puede ser verdadero crecimiento personal. Me parece que el fotógrafo ha captado el momento preciso en que esta transformación se ha operado en Castillo, cuando vislumbra el triunfo. Ya no muestra el gesto airado del agitador callejero, ni la expresión torturada del polemista negado, sino que sonríe, por primera vez. Lleva el sombrero chotano y el lápiz, pero en una posición que lo hace suyo, porque lo enarbola como nunca podrá hacerlo Cerrón. Y, si no me equivoco, tiene además en la muñeca derecha colgado el chicote del rondero. ¡Ayayay!

Habiéndolo hecho suyo, puede Castillo con ese lápiz escribir su propio destino, y ya no el que Otro le dicte. En la escuela antigua era muy usado el dictado. En la política antigua también. El dictador dictaba su santa voluntad. Pero ya no estamos en tiempos del dictado, sino que cada uno quiere tener su lápiz para escribir su propio destino. Antes la gente esperaba que alguien le dictara lo que tenía que hacer, con grandes letras que eran normas y leyes inalterables. Dios era el gran dictador, el que tenía el lápiz más grande. Los que más sobresalían en todo eran los paporreteros, que repetían de memoria al que dictaba lo que daba por cierto y correcto. En política también. Era el tiempo de las ideologías. El venerado lápiz del creador de alguna doctrina o sistema inspiraba los peores fanatismos, cuando se seguía no el espíritu sino la letra de las mismas. Quizá en la izquierda se ha manifestado entre nosotros con más fuerza esta superstición por la letra, entre los seguidores del pensamiento cualquier cosa: Marx, Lenin, Mao, Stalin, Castro, Gonzalo. Y Cerrón es de estos paporreteros doctrinarios, travestis teóricos, que lucen galas o desnudeces ajenas. Pertenece a la siniestra estirpe de Abimael Guzmán, no por comunista, sino por remedador y copista, por loro de una retórica extremista en extinción.

Pero en estos tiempos que la figura del Padre está en declive, el lápiz que traza el destino personal ya no se maneja en Su-Nombre. En realidad, cada uno afila su propio lápiz, y lo que escribe ya no es una glosa o repetición del padre sino algo propio. Es lo que cabe esperar que haga Castillo, que la historia de su gobierno la escriba con su propio lápiz.

!Pero, si el éxito es peligroso, el fracaso es definitivamente letal! El éxito puede ser un veneno, pero el fracaso mata, mata y obliga a la gente a ser patética y a mentir y a pisotear la macetita de la democracia. ¿No?


Escrito por

César Delgado Diaz del Olmo

Ensayista. Autor de Hybris, violencia y mestizaje; Garcilaso, el Inca mestizo. Publica el blog: Volcandideces


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